La
escalera
Desperté en mitad de una escalera. No sabía cómo había llegado allí, si subiendo o bajando.
Había luz y estaba al aire libre, en la naturaleza. Recordé el Mito del Retorno al Orígen, «de la pérdida de la pureza original y
la recuperación a través de un camino de regreso, aun estado previo a la
manifestación, a través de un renacimiento místico».
¿El camino de retorno será el que sube o el que baja? Sin
ser muy consciente de lo que hacía, comencé a subir. En el primer peldaño mi
vino un pensamiento urgente: «Un tren
lleno de Ìdolos no encuentra su destino». Sin pensarlo dos veces subo al segundo
peldaño y me viene una nueva ráfaga: «Reconozco el contorno del deseo pero la
alegría me delata y me confunde, como a un mal jugador de póker». Ya en el tercer peldaño de subida dudo
aún más que antes y cierro los párpados. Siento el vértigo del arquero antes de respirar hondo para
lanzar la flecha. No encuentro ninguna diana en el paisaje. Intento despistar
cualquier pensamiento. Con un cuarto paso me encuentro en un pequeño
descansillo. «¿Habré tomado el camino correcto?», sigo dudando, como de
costumbre.
Decido, a base de engañarme satisfactoriamente, comenzar
a bajar. Volver al inicio y empezar el camino de regreso pero, esta vez,
bajando. Una vez en el inicio, en el
lugar que desperté, bajé un escalón y me asalta una imágen: un peregrino bajo
una nube de gaviotas, caminando por un pedregal, en mitad de la nada. En el segundo escalón me convierto en
espectador de una película muda y en blanco y negro, donde cada Ídolo que
viajaba en aquél tren encuentra su destino, pero todos han perdido lustre.
Ahora parecen más humanos. Al bajar al tercer escalón siento un escalofrío, veo
el mar a lo lejos, allá abajo, color turquesa. Me veo naufragando en él. El sopor me invade. Me duermo
profundamente.


















