Bab El Ain CD. Tutaonana

|

Presentación a cargo de Ficus:

Si tuviese que definir en tres palabras esta nueva entrega del incombustible babelain, creo que lo mas acertado sería el calificativo de "trabajo homogeneo y sin fisuras".
Y digo esto porque, después de haber trillado varias veces del tirón todos y cada uno de los surcos que componen este nuevo fascículo titulado Tutaonana, mas se asemeja a una labor unificada, que a lo que en realidad es el sello de identidad de la obra babelaniana, es decir, un compendio de capitulos en forma de pequeñas joyas musicales y poéticas, que van surgiendo cuando las musas tienen a bien aparecer, y que nos va entregando a un reducido número de privilegiados que tenemos el honor y el placer de disfrutarlas.
Dicho lo cual (ya que lo de labor unificada puede que a alguien le suene a petulancia), que nadie espere estridencias, grandilocuencias, ni extraños artificios, porque babelain es lo que es, orfebrería, criterio y credibilidad.

Pues eso, decimonovena (se dice pronto) capitulación, y al igual que sus predecesoras, una amalgama de estilos variopintos y difíciles de encasillar, entre los que podemos encontrar (por citar algunos) destellos de sicodelía con sabor añejo "El hombre herido por el tiempo", momentos de oscura opacidad "No nos queda otra", o de soleada claridad "Vuelvo al sueño" a ritmo de bossa , belleza melódica con mayúsculas "El viejo espejo", riffs pegadizos en clave de boggie socarrón "Sentado en el porche" etc etc...
Once pinceladas de distintos colores que componen un hermoso cuadro denominado Tutaonana.





Libreto interior y Contraportada, cortesía de Napi:






Link (Todo incluido-Libreto, Portadas, Letras...) Cortesía de Napi:



Segundas impresiones. No todo es lo que parece.

|

SEGUNDAS IMPRESIONES
(Disculpen las precipitaciones. No todo es lo que parece)
  • Parece ser que aquello no fue un desengaño amoroso en toda regla. La chica alta de la blusa verde solo había tenido una mala tarde. Su chico, que no aguanta una voz más alta que otra, se rebotó cuando ella le levantó la voz por alguna tontería mientras bebían una cerveza en una terraza al mediodía. Él se levantó y se fue a la playa a caminar por la arena, sintiéndose triste y ofendido por la afrenta. Cuando yo la vi ayer, ella paseaba con su perro pensando que todo había acabado, pero aún creía que la razón era suya. Al final de la tarde se reconciliaron con un largo y cálido beso. Hoy vi como desaparecían calle abajo montados en una bici para dos, felices y empapados por la lluvia que caía mansamente. El que estaba triste ahora era el perro, que se había quedado solo en casa mirando por la ventana cómo caía la lluvia. Pues eso, que ni cicatriz, ni huella, ni nada, una simple escaramuza.

  • Aquel hombre no estaba hueco. Aún le quedaba algo de “relleno”. Se había quedado inmóvil en el semáforo, sin saber hacia donde dirigirse, porque los primeros síntomas del alzheimer empezaban a manifestarse tímidamente. Fue un pequeño lapsus. Parece ser que había tenido una vida más o menos equilibrada entre “fracasos” y “triunfos”; aunque la balanza se inclinaba algo más del lado de los fracasos, pero ¿a quien no le ocurre lo mismo o peor? De pronto su cerebro se iluminó y recordó que se dirigía a la oficina de correos a enviar una carta de pésame para un familiar lejano, en el espacio y en el árbol genealógico, entonces reanudó su marcha al mismo tiempo que en su rostro se dibujaba una disimulada sonrisa. Menos mal que en ese momento no pasaba ningún coche porque el semáforo estaba en rojo.

  • Llegué a casa y el perro se quedó fuera, en el jardín. Abrí la ventana y allí estaba él, haciendo pis al pié del pruno y mirándome con cara de incredulidad. Enseguida se oyó un silbido a lo lejos. El perro se giró y salió escopetado moviendo el rabo hacia donde sonaba el silbido. Salí fuera y, a lo lejos, el perro daba saltos de alegría alrededor de un hombre que se tambaleaba con claros síntomas de embriaguez. Se fueron los dos juntos, uno dando tumbos y el otro dando saltos tan felices y contentos. Por lo visto, el amo del perro no se había ahogado en la riada tras la tormenta, pero casi se ahoga con el alcohol ingerido en los últimos dos días seguidos de juerga. Entré en casa, me serví un whisky y puse la tele. Estaban re-poniendo la serie Kung Fu. El maestro Po le estaba dando un “repaso” al Pequeño Saltamontes. ¡Qué tiempos aquellos!

  • Nada de lo de “de tal palo tal astilla” ni de no saber cual era el término medio. El asunto era el siguiente. La madre había dejado al niño en el suelo para que jugara con un cochecito diminuto. En un descuido, un pequeño saltamontes (no era David Carradine, no, este era de verdad) se había introducido entre la ropa del niño y al principio le hacía cosquillas. Por eso no podía parar de reír, hasta que la madre lo cogió y lo abrazó. El saltamontes se sintió aprisionado por aquel abrazo y al principio se quedó inmóvil. El niño se calmó, pero el saltamontes, irritado por aquél achuchón materno, se enfureció y empezó a frotar sus patas contra la sensible piel del niñito. Entonces vinieron los llantos. Luego, el saltamontes aprovechó un hueco en la manga de la camisa del niño para huir a campo abierto. El niño suspiró aliviado y la madre se fumó otro Philip Morris para celebrarlo. No todo es lo que (a mí me) parece.

  • Aquí la primerísima impresión era la correcta. Esos dos si que eran cuñados, más o menos. Luego, llevado por mi calenturienta imaginación, pensé que los dos amigos estaban enamorados de la misma mujer. Cuando los enamorados salieron del bar, el amigo que se quedó solo se dirigió a la barra para pagar las consumiciones. Allí le contó al camarero que por fin le había buscado un novio a su hermana, aunque para eso tuvo que mentir como un cosaco y “venderle” su hermana a su amigo como un dechado de virtudes sin parangón en cien kilómetros a la redonda. Indudablemente era una chica guapa, de eso no había duda, pero le dijo al amigo que era una joven muy equilibrada, alegre, con iniciativa, de buen carácter…cuando la realidad era bien otra: hacía unos años que le habían diagnosticado trastorno bipolar tipo II que le hacía pasar de la euforia a la languidez y la tristeza en menos que canta un gallo. De cualquier forma, la chica tenía todo el derecho a enamorarse. Esperemos que el amor le sirva de terapia de choque. Nunca se sabe.  

Impresiones a primera vista (pero infalibles... o casi)

|

IMPRESIONES A PRIMERA VISTA
(pero infalibles, o casi)

  • Alta, con una blusa verde, pantalones ajustados negros, el pelo largo ensortijado, andando y mirando al frente con la mirada perdida en algún punto del horizonte y en compañía de un gran perro blanco que parecía llevar un antifaz negro, aquella joven había sufrido un desengaño amoroso absolutamente inesperado. Nunca, ni por asomo, pensó que le pudiera pasar a ella. Se recuperará, pero quedará esa cicatriz traicionera, esa huella que nunca se borra del todo.

  • Aquel hombre parado junto al semáforo estaba hueco. No había la menor duda. Durante un tiempo había vivido por encima de sus ilusiones más utópicas. Más tarde se acercó un poco a la realidad. Luego cayó en un profundo mutismo al comprobar, cuando aún era joven, que todo era inútil, que él jamás sería lo que soñaba con ser de “mayor”. Y allí, esperando en el semáforo, aún oía pero no escuchaba. Aún miraba pero no veía. Parecía que sentía pero ya no sufría. Estaba hueco. La luz verde del semáforo se encendió, pero aquel hombre hueco permaneció inmóvil, como una estatua olvidada en un parque abandonado de las afueras, mientras las luces iban del verde al rojo, del verde al rojo, del verde al rojo… y la gente iba y venía, iba y venía, iba y venia…

  • El perro flacucho me miró como si yo ya fuera su próximo amo. Total, solo por haberlo acariciado cuando se me acercó moviendo el rabo como un molinillo. Seguro que su amo, tras la última tormenta de anoche y el brutal desbordamiento del río, había muerto ahogado, arrastrado por las aguas, y él abandonó el cortijo donde ambos vivían, quedándose solo en el mundo. Ahora me seguía por el carril donde acostumbro a pasear al atardecer, creyendo por un momento, iluso, que ya éramos dos (y no uno) los que regresábamos a “nuestra” casa.

  • El niño se reía con una intensidad fuera de lo común. Se estaba poniendo rojo como un besugo recién sacado del horno. La madre lo abrazo y lo calmó poco a poco. Aún no sabía hablar y no podía explicar de qué se reía. Al cabo de un rato, lo que tardó la madre en fumarse un Philip Morris sentada en el banco del parque, el niño empezó a llorar con tal fuerza que volvió a ponerse del color del besugo al horno, pero esta vez acompañado de grandes lagrimones. La madre volvió a abrazarlo y a besarlo y se le corrió el rimel de los ojos con tanta lágrima. Al final pudo calmarlo y entre hipo e hipo, niño y madre se miraron y parece ser que comprendieron que ni él ni ella sabían lo que era el “término medio”. De tal palo tal astilla, se dijo la madre para sus adentros y el niño suspiró profunda y entrecortadamente.

  • Los dos amigos bebían cerveza en el bar. Los tenía enfrente, a unos cinco metros de mi mesa. Ellos estaban junto a la ventana y yo los veía a contra luz. El de mi izquierda gesticulaba como un árabe regateando el precio en un bazar. El otro asentía de vez en cuando y sonreía sin ganas. Seguro que son cuñados, pensé. Eso deduje al rato de observarlos, aunque apenas podía oír lo que decían debido al volumen de la música. Al final, como había imaginado, apareció la chica. Se sentó junto al que gesticulaba y le dio un beso en los labios. Ella pidió una coca light, lo supe cuando se la sirvieron, porque ya digo que no podía oír apenas nada de lo que hablaban. La chica se bebió su consumición en un pis pas y los enamorados se levantaron y salieron del bar. Allí quedó solo y pensativo el otro amigo, que pidió un coñá con hielo y se puso a mirar lánguidamente por la ventana. Ahí me dí cuenta del error. No eran cuñados. Eran los típicos dos amigos enamorados de la misma mujer. Y por supuesto, la mujer había elegido al hombre equivocado. Aunque siempre hay tiempo para rectificar. ¿O no?

P.D.- En el próximo post veremos que las apariencias engañan. 

Bab-El-Ain Single. El viejo espejo. La niebla. Tutaonana.

|

Single con tres temas para terminar un ciclo (cada uno se lo monta como puede). Después de este single vendrá el CD recopilando los cinco últimos, con presentación del ilustre comentarista de R. Stones, Ficus y colaboración ya habitual en portadas del ínclito Napi.


1.- El viejo espejo




El viejo espejo
(Letra y música.- Babelain)

Aquel espejo se acordaba
Y eso que era muy viejo
De todos los que en él se miraban

Y lloraba o se reía
Solidario con aquel
Que alguna vez a su abismo se asomaba

No miro a ese espejo
Aunque me tiente
Y me llame desde lejos

Disimulo cuando
Ya estoy cerca
No me fío del muy pendejo

Ese espejo era un abismo
A todo el mundo se tragaba
Y al final se tragó a si mismo

A todo el mundo se tragaba
Cayó por su propio abismo
Pero eso él ya no lo recordaba

No miro a ese espejo
Aunque me tiente
Y me llame desde lejos

Disimulo cuando
Ya estoy cerca
No me fío del muy pendejo

Aquel espejo se acordaba
Y eso que era muy viejo
De todos los que en él se miraban

Y lloraba o se reía
Solidario con aquel

Que alguna vez a su abismo se asomaba…

2.- La Niebla


LA NIEBLA
(Letra y música.- Babelain)

De pronto/llegó la niebla
y nadie/la esperaba

La niebla/nos ennoblece

Nos confunde/ y nos engulle

La niebla nos hace mas livianos más humildes y mas fuertes.

La niebla/nos mece
inventa/nuevos paisajes

Cuando aparece/los marinos

se emborrachan/en cubierta

y se tatúan en los brazos mujeres pelirrojas.

Cuando la niebla aparece los marinos se tatúan... pelirrojas.
Con la Niebla somos más altos y mas bellos, es un bálsamo para los tímidos... la Niebla


No podemos/atraparla
Es pariente/de la nieve

Los niños/ casi la temen

Pero olvidan/ con ella, su tristeza

Todos disfrutan de ella y parecen más misteriosos.

Cuando la niebla se esfuma volvemos a ser los mismos de antes
Menos bellos y más bajos y sin ese misterio ingrávido que nos otorgaba...la Niebla





3.- Tutaonana


En principio iba a ser un instrumental, pero al final me fui emocionando y acabé poniéndole una letra en swahili, con Bruno y Mavi a los coros. Utilizo algunos instrumentos africanos, entre ellos un zamar (flauta bereber).




TUTAONANA
(Letra y música.- Babelain)
Jina lako nani
jina laguni...Imani

sisemi kiswahili
kwa heri... kwa heri

kwa heri hapana/tutaonana/tutaonana
tutaonana/tutaonana


Habari gani, Imani?
Hivi hivi ...njema

Unaweza kusema kispanish
hapana kwa heri

kwa heri hapana/tutaonana/tutaonana
tutaonana/tutaonana


Jina lako nani
jina laguni...Imani

sisemi kiswahili
kwa heri... kwa heri

kwa heri hapana/tutaonana/tutaonana
tutaonana/tutaonana




Link single con portada.-


http://www.mediafire.com/view/90ncksagxmejoc8/Bab_El_Ain_Single._El_viejo_espejo._La_niebla._Tutaonana





 Zamar.- Flauta bereber de doble caña, terminada en doble cuerno de cabra.





Telesforo y Esperanza. Parte 3ª IV y V Final.

|

IV

Esperanza se arregló especialmente aquella tarde, es decir, se recogió el pelo en un moño alto que le hacía el cuello muy esbelto, se puso unos pendientes de plata de su madre, una blusita muy mona que guardaba para las ocasiones especiales y una faldita color caqui, corta pero sin pasarse. Estaba un poco nerviosa, y eso que ella no es de esas que se achantan con cualquier cosa, pero Telesforo no era como los chicos de su barrio, era otra historia y no sabía muy bien como afrontar esta relación inesperada.

Telesforo, la esperaba en la puerta del bar donde se conocieron, despeinado pero aseado y con ropa bastante aceptable.

  • ¿Así que sin peinar eh? te lo has tomado en serio jajajaja (ríe Esperanza con esa risa clara de las muchachas sencillas de barrio; aunque hay algunas que…)
  • Soy un hombre de palabra. Estás espectacular hoy, Esperanza (Esperanza se ríe otra vez, está nerviosa, pero no se sonroja)
  • ¿Quieres que demos un paseo por el parque y luego vamos al cine?
  • Lo del paseo vale, lo del cine, depende de la película
  • Bueno, pasaremos a ver las carteleras.

Pasearon por el parque sin hablar mucho pero con una armonía desconocida para ambos. Todo parecía encajar, el paisaje, la gente, los pájaros. El parque a esa hora estaba muy animado y ellos formaban parte de esa historia que algún guionista había escrito para ellos.

Al final deciden ir a una película francesa (Pauline en la playa) aunque Esperanza no las tenía todas consigo. Era de amores pero…francesa y los franceses ya se sabe, son muy suyos. Le gustó el personaje de la adolescente aunque su prima Marion era complicada; quiso hacer una comparación entre Marion y ella pero no le salía; solo que las dos habían elegido a hombres extraños que entrañaban un peligro especial, desconocido y habían despreciado a sus amores más lógicos y normales.

Esperanza no quiso hablar de la película a la salida, no se consideraba muy culta y temía meter la pata

  • ¿Te gustó? (Preguntó Telesforo)
  • Pssssi, no está mal. Muy francesa ¿no?
  • Claro, está hecha en Francia por franceses jajaja
  • Muy graciosillo

Cada uno había visto una película distinta. Los puntos de vista, las referencias, las conclusiones, eran completamente diferentes y lo sabían; por eso lo dejaron estar y no hablaron de eso. Entraron en una heladería y compraron unos helados para tomarlos paseando.

Volvieron a casa por calles no habituales, parándose de vez en cuando junto a algún portal deshabitado para abandonarse a unos besos largos y dulces, con un poco de amargura (Telesforo había pedido un helado de Amaretto)

Se despidieron en el portal de Esperanza con otro beso, ya sin amargura. La cita había resultado un éxito para ambos, al menos así en frio. Luego ya se vería. La noche es muy larga y la mente se enreda a menudo en ella.



V

Esa noche fue Esperanza la que tuvo un extraño sueño. Normalmente no recordaba los sueños que tenía pero en esta ocasión, debido al sorprendente final que la hizo despertar sobresaltada, si que retuvo el sueño, incluso lo repasó varias veces en su cabeza antes de volver a dormirse.

En el sueño, su abuelo Facundo había fabricado un artilugio para aplicarlo a las suelas de los zapatos. Consistía en una especie de plancha muy fina con unos resortes que provocaban un caminar más elástico, más atlético. Facundo lo aplicó a sus zapatos y empezó a caminar por un sendero estrecho. Al final del largo sendero se encontraba Esperanza esperando frente a él. Facundo empezó a correr cada vez más rápido, a pesar de su edad, ayudado por los artilugios. Poco a poco su rostro se fue transformando hasta tomar la apariencia de su hijo, es decir, del padre de Esperanza; y este, al poco tiempo cambió su rostro por el de Telesforo que se acercaba a gran velocidad hasta que llegó junto a Esperanza y frenó en seco delante de su cuerpo. Se miraron fijamente y en ese momento Esperanza llegó al orgasmo muy excitada.

Al despertarse bruscamente, sintió una especie de remordimiento. Nunca había llegado a un orgasmo de esa forma. Luego pensó que ese sueño no podría contárselo a nadie y menos a Telesforo, podría hacerse una idea equivocada de ella.

Telesforo no soñó nada esa noche porque apenas pudo dormir. Aunque en ese estado de duermevela, sus pensamientos en medio de la noche tomaron caminos insospechados. Hacía mucho calor, se había acostado desnudo sobre la cama y primero empezó a imaginar el cuerpo de Esperanza desnudo, pero enseguida se interponía el recuerdo de la risa y la mirada de Esperanza, que siempre le habían parecido, al mismo tiempo, francas y huidizas; sinceras pero reservadas. Luego pasó a otro capítulo, el del futuro que le esperaba junto a Esperanza. Si la cosa seguía adelante, habría que solicitar el trabajo a jornada completa. Tendrían menos tiempo para verse y lo de escribir pasaría a un segundo plano. A ratos se quedaba medio dormido pero enseguida volvían los pensamientos atropelladamente. Se levantó de la cama, intentó escribir desnudo uno de sus extravagantes poemas, pero no se le ocurría nada. Decidió salir a dar una vuelta por las calles desiertas.

En la calle, una prostituta yonqui con los ojos como profundos túneles oscuros y sin fondo, le ofreció sus servicios desesperadamente. Telesforo se excusó como pudo y siguió su camino hacia el río. Sentado en un banco oyendo bajar el agua y el rumor de las hojas de los árboles movidas por la brisa caliente, se puso a llorar desconsoladamente sin motivo aparente. Nunca le había ocurrido eso. No recordaba haber llorado desde que era un niño, cuando le dijeron que su madre había muerto. Bueno, se le escaparon también unas lagrimas, muy pocas, cuando una novia que tenía de adolescente, se marchó a vivir a otro país con sus padres. Pero desde entonces, nada. Ahora las lágrimas corrían incomprensiblemente por su cara sin ninguna contención.

El llanto le había relajado la tensión acumulada por los acontecimientos de los últimos días con el rumbo que estaba tomando su relación con Esperanza. Ahora se encontraba en un estado de tranquilidad mezclado con sueño y cansancio. Allí frente al río imaginó que la luna bajaba muy despacio y se ponía a su altura, inmensa, deslumbrante, blanquísima y rezumando una música espacial desconocida, llena de matices, de roces de estrellas, chasquidos de rayos, rugidos de cometas y aerolitos…un perro vagabundo se acercó a olisquearlo. Telesforo lo acarició y luego inició la vuelta a su casa. El perro lo seguía a cierta distancia moviendo el rabo alegremente. Comenzó a chispear y el ambiente refrescó algo. En la calle solo se oían los pasos de Telesforo retumbando sobre el asfalto y la respiración agitada del perro vagabundo.

FIN



Vale, vale, vaaaaaaaaale. Ya se que os quedáis con un palmo de narices, pero... por ejemplo, si vais de vacaciones un mes a un pueblecito del interior y conocéis a gente variopinta, cuando se os acaban las vacaciones y no volvéis más, allí se queda esa gente con sus vidas. Pues eso mismo pasa con este cuento.

Peeeeeeeero, como ya veo que no os convenzo mucho (sois durillos, ¿eh?) voy a insinuar una posible continuación, vosotros ponéis el resto ¿vale?:

Estamos en el jardín, sentados bajo la glicina en flor: Milena, Sebi, Jose, Rick, Ficus, Antoni, Fito, Johnny... Mavi y yo. Me dais la vara con que esto no puede quedar así.

-¿Quien quiere cerveza? ¿Alguno quiere un té verde con hierbabuena? -

Hago té, Mavi sirve las cervecitas con unas aceitunas aloreñas aliñadas y un poco de queso curado. Sirvo el té a Milena y Ficus (que luego se bebe una cervecita también, no creas) y me veo obligado a improvisar un final, con lo poco que me gusta a mi hablar para un público más o menos numeroso (es decir, mas de dos):

“Telesforo y Esperanza continúan durante un tiempo su relación de enamorados. Viven momentos mágicos (metafórica y literalmente hablando) pero hay demasiada diferencia en el modo de entender la vida y esto, poco a poco, los va distanciando sin resultar traumático en ningún momento.

Da la casualidad (¿qué casualidad, no?) que casi simultáneamente, ambos conocen a otras personas que les van a cambiar sus vidas.

Facundo tiene algún problema con la próstata y Esperanza lo acompaña al hospital. Allí, “casualidades” de la vida, encuentra a Carmelo, antiguo compañero de colegio en su barrio, que está sustituyendo al médico de cabecera de Facundo. Total, que si te doy mi teléfono, que si te llamo, que si tomamos un café, que si alquilamos un piso en el centro, que si, de pronto, la Espe se queda embarazada de mellizas, que si se van a llamar Marta y Blanca, o mejor, Azucena y ….

Telesforo gana un premio, contra todo pronóstico, en un concurso de poesía de la capital. Con eso no se come, pero le da ánimos para seguir escribiendo. El dueño de la librería donde trabaja se jubila y su hija Soledad queda al frente del negocio. Soledad lee los poemas con los que Telesforo ganó el consabido premio y le entra un gusanillo que... que si tomamos un café a la salida del trabajo, que si vamos al cine a ver una película austro-húngara, que si ¿qué te parece si ampliamos el negocio y entras de socio conmigo, Tele?...

Facundo, después de un día un pelín más transgresor de la cuenta, se acuesta vestido y al día siguiente... ya no se levanta. Su nieta, lo encuentra en la cama, con una sonrisa en los labios y al principio piensa que solo está dormido...


Milena.- Bueeeno, eso está mejor...me pondré a silbar en francés un ratito...
Sebi.- Y a mi que me gustaba ese rollito que se traían esos dos, tan inocentes...
Jose.- ¿Otra cervecita? Menuda suerte la del Facundo, ni se entera que la espicha...
Rick.- ¿Qué película austro-húngara fueron a ver? Por curiosidad más que nada
Antoni.- Estas cosas no pasan en mi “pueblo”, eso del apellido turco...en fin...
Fito.- Jejejeje con cuatro frasecillas nos quieres llevar al huerto, eh?
Johnny.- Bueno, vamos a dejarlo ahí, y que cada uno se apañe con lo que hay...
FIIIIIIIINNNNNNN

Nota final

Mavi y yo estamos muy contentos con la acogida que ha tenido el cuento. No pensaba ponerlo en el blog, porque es solo un “divertimento” que empecé sin ninguna pretensión, solo por el placer de escribir; pero cuando le pedí a Mavi que hiciera las ilustraciones y vi como iba “la cosa”, decidí publicarlo, al menos para que pudiérais ver como se las gasta Mavi con sus dibujos.

Cada entrada ha tenido una media de unas cien visitas. Solo comentan unos pocos (gracias a ellos le entran ganas a uno de seguir enseñando canciones, escritos, fotos y demás) pero se de buena tinta que hay mucha gente que entra sin comentar, más que nada porque me lo dicen personalmente (son amigos “analógicos). Están en su derecho, como el que lee un libro y se queda con su opinión. Solo que esto de los blogs permite la interacción, para el que esté interesado, que ya se ve que no son muchos.

Gracias de los dos para todos (comentaristas y silenciosos)



Telesforo y Esperanza 3ª Parte III

|

(Ver anteriores)

III

Facundo no daba mucha lata en casa. Solía desayunar un descafeinado y un bollito con aceite y luego salía a dar un paseo por el parque hasta la hora de comer. Por las tardes acudía a un bar donde jugaba a las cartas o al dominó con algunos amigos. A veces pillaba alguna trompa considerable, pero no solía meterse en líos, siempre acababa en casa antes de las diez de la noche; era su hora de recogida.

Aquella tarde, no se sabe por qué, Facundo tenía ganas de jarana. Estaba jugando en el bar al dominó con sus amigos y lucía una sonrisita intrigante en los labios. Iba por su cuarto chato de vino y ya con su edad no soportaba tan bien sus efectos. En una de las jugadas le estaban quedando fichas que no podía soltar, veía que iba a perder y se le ocurrió dar un golpecito en la mesa, justo para que las fichas de dominó empezaran a dar vueltas endiabladamente. Las fichas se entremezclaron unas con otras hasta que Facundo dio otro golpecito en la mesa, quedando otra vez quietecitas aunque cambiadas de lugar. Ahora tenía buenas fichas. Sus amigos se miraron, luego miraron a Facundo todos a la vez y este empezó a reírse a carcajada limpia.

  • Mira Facundo -dijo uno de ellos- otra “jugadita” de las tuyas y te partimos el culo entre los tres. Ya estamos hartos.
  • Pero, ¿Qué he hecho yo? Qué mala fama tengo, carajo
  • Vete a un circo a demostrar tus habilidades, pero con nosotros se acabó el percal.
  • Qué poco sentido del humor tenéis, muchachos. Está bien, seré formalito.

Facundo chasqueó los dedos y entró en el bar una mulata de belleza deslumbrante. Se acercó a la mesa y dirigiéndose a Facundo, le dijo:

  • Facundito, ¿vamos?
  • Si chata (le ofreció su brazo y ella se colgó de él)

Salieron muy dignos del bar mientras los amigos se quedaron con un palmo de narices. Justo al salir a la calle se deshizo el encantamiento y la mulata desapareció por arte de magia (nunca mejor dicho). Facundo no paró de reír en todo el camino hasta su casa.

Ya en casa se lo contó a Esperanza entre risas. Su nieta le regañó y le dijo que cualquier día lo iba a pagar muy caro con sus “bromitas”. Menos mal que Esperanza estaba un poco en el limbo en ese momento; acababa de volver de su cita con Telesforo y aún no había digerido el encuentro del todo. Telesforo la sacaba de su mundo normal y ordenado de cualquier chica de barrio con los pies en la tierra. Querría haberle pedido consejo a su abuelo sobre esta relación, pero cuando se quiso enterar, Facundo estaba ya roncando en su cama vestido y sin haber cenado.


Continuará...pero ya queda poco

Telesforo y Esperanza. 3ª Parte I y II

|

(ver anteriores)

3ª PARTE
(Donde ocurrirán las cosas que tengan que ocurrir, ni más ni menos)

I
(Telesforo tenía un contrato a media jornada en una gran librería. Trabajaba solo por las mañanas. Se encargaba de abrir los paquetes de libros de las distintas editoriales y distribuirlos por secciones en las estanterías y en las horas de atención al público, era uno de los empleados que estaban a disposición para informar y orientar al cliente. El había solicitado la media jornada, así podría dedicar la tarde a sus “asuntos”. Con lo que ganaba era suficiente para subsistir mal que bien. Siempre habría tiempo, si las cosas cambiaban, para solicitar la jornada completa. Suponía que no habría ningún problema ya que era un empleado muy eficiente que se tomaba su trabajo muy en serio.)

Era lunes, Telesforo salió del trabajo al mediodía y volvía a casa cuando al doblar una esquina se topó con Facundo que andaba un pelín piripi.

  • Hombre, Telesforo ¿Cómo te va la vida?
  • Ahí andamos, Don Facundo
  • Cuídame a la nena, que es la niña de mis ojos ¿eh?
  • Uy, no se preocupe, la “nena” sabe cuidarse sola
  • Pues eso, “que te llueva finito”
  • Hasta otra, Don Facundo

Y al despedirse, Facundo volvió a darle un toquecito a Telesforo (esta vez en el hombro) y este sintió de nuevo una especie de chispazo. Como Don Facundo llevaba un par de copas de más, se le fue la mano y no acertó con el punto exacto de desplazamiento del punto de encaje. Así que veremos en que condiciones quedó el amigo Telesforo.

Al llegar al portal de su casa, Telesforo empezó a subir las escaleras hacia su cuarto, pero el primer escalón, en vez de subir, bajaba, y el segundo y el tercero…se lo tomó un poco a broma pero siguió subiendo (digo, bajando) hasta que se encontró en el fondo de un río con gran sorpresa y además no tenía dificultad para respirar debajo del agua. Miró hacia arriba y siguieron las sorpresas, se vio a si mismo andando sobre las aguas, enseñándole a los árboles una foto de Esperanza y convenciéndoles de que cuando la vieran, agitaran sus ramas en señal de saludo. Telesforo el de abajo sintió un poco de vergüenza ajena del Telesforo de arriba, pero disimuló como pudo (es raro esto de tener vergüenza “ajena” de si mismo). Una carpa que se había cabreado mucho porque el Telesforo de arriba la había pisado, pasó junto al Telesforo de abajo y le hizo una mueca muy extraña al mismo tiempo que expulsaba por la boca unas pompitas de aire, como si estuviera fumando un cigarrillo.

En ese momento, Telesforo el de abajo recordó haber soñado hacía poco que caminaba sobre las aguas de un río y se deshizo el “encantamiento”. Se encontró de pronto en la puerta de su cuarto con hambre y sueño. Así que comió lo que encontró en su diminuta nevera y se echó un rato la siesta. Soñó con árboles cuyas frutas eran carpas cabreadas que no paraban de culebrear colgadas de sus ramas y que le miraban con ojos saltones, haciendo “po” “po” “po” con la boca abierta muy redonda, como si quisieran soltar pompitas de aire en el aire, pero no se notaba, claro.
Había llegado la hora de la cita con Esperanza. Se levantó de la cama, se lavó un poco pero tuvo el cuidado de no peinarse, una promesa es una promesa.



II

Esperanza limpiaba en varias casas del barrio, siempre por las mañanas. Las tardes las tenía libres aunque debía hacerse cargo de la casa donde vivía con su abuelo Facundo (hacer la compra, cocinar, limpiar…) Desde que había abandonado a su antiguo novio, andaba de arriba para abajo sin ton ni son, un poco a la desesperada. Ya hacía tiempo que no se veía con sus amigas, ya que todas se habían tomado muy en serio a sus novios y sus relaciones con ellas se habían distanciado últimamente. Ahora parecía que había una nueva “esperanza” en su vida al conocer a Telesforo. Pero era de las que no se fiaban ni un pelo de nada. Una mujer práctica y desconfiada. Segura de si misma aunque desamparada al mismo tiempo. Telesforo le cayó bien, pero lo había clasificado entre los “rarillos”, y los rarillos, al principio hacen gracia, pero luego…

La primera casa que le tocaba limpiar cada día era la de una catedrática de Filosofía que estaba de baja y sometida a tratamiento psiquiátrico. Le gustaba hablar con Esperanza mientras esta barría, fregaba o pasaba el plumero a los cientos de cachivaches que decoraban el salón de la casa traídos de los lugares más exóticos del planeta.

  • ¿Y como se llama el zagal ese, Espe?
  • ¿Zagal? Jajaja, me quedaré con la palabreja esa. Se llama Telesforo
  • Menudo nombrecito. Ya podría llamarse Heráclito o Parménides o Pitágoras…
  • Jo, señora, un “zagal” con ese nombre me daría miedo
  • Pues son algunos nombres de los filósofos más antiguos, aunque estaban como una cabra, cada uno decía una cosa. Ninguno coincidía en cual era el origen de todo, el principio inmutable. Para algunos era el agua, para otros el fuego. Otro decía que era el aire. En fin, que desde el principio nadie se puso de acuerdo y así seguimos todavía.
  • Eso es porque ustedes leen muchos libros y salen poco a la calle, ¿no?
  • Pues debe ser eso. ¿Tú no lees?
  • Leía novelas de misterio y esas cosas, pero ya me aburren. Leo revistas de vez en cuando.
  • Pues hay libros que te hacen la vida más rica. Si quieres puedo prestarte algunos.
  • ¿Y la poesía, señora? ¿Para qué sirve? Telesforo dice que escribe poesía
  • Una pregunta complicada. La poesía no “sirve” para nada y sin embargo está en todos los sitios, si quieres verla. No me refiero a la escrita. Supongo que tu, cuando la sientes, la llamas de otra manera, pero es poesía al fin y al cabo
  • Últimamente me siento rara, melancólica. Desde que salgo a pasear con Telesforo todo me parece distinto, el tiempo, el río, los árboles, la gente, hasta mi abuelo Facundo y eso que se ríe de mi y dice que estoy en la luna.
  • Uy, tú estás enamorada, Espe.
  • ¿Usted cree, señora?
  • Tienes todos los síntomas. Y de un poeta, vaya por dios. Casi son más complicados que los filósofos jajajaja
  • Pues bien me lo pone. Yo no me fio. Ando con pies de plomo, por lo que pueda pasar. Y usted, ¿por qué está en tratamiento psiquiátrico?
  • Bueno, porque estoy más cerca de la patafísica que de la metafísica; pero esto sería largo de explica jajaja
  • Pues me parece que usted no necesita un tratamiento, vamos, yo no entiendo de esto pero la veo más sana que una pera

Así transcurrían las mañanas de Esperanza por aquellos días. Ella quisiera que el tiempo por las mañanas pasara más rápido para que llegara la tarde, la hora del encuentro con Telesforo que de pronto se había convertido sin darse cuenta en el momento más importante del día. La infeliz había caído otra vez en las redes del amor.

Continuará...

Telesforo y Esperanza. Parte 2ª IV y V

|

(ver anteriores)

IV


Telesforo está radiante. Una vez en casa, se asoma a la ventana y se siente con poderes adivinatorios. Enciende un cigarrillo y expulsa el humo hacia las nubes con expresión risueña. Nunca se había sentido así. El beso con Esperanza lo había transportado a otra galaxia.

En la calle, un señor se dirigía con paso dubitativo hacia algún lugar. Telesforo intuía que ese lugar era un edificio de seis plantas ubicado un par de manzanas más arriba. Daba por hecho que ese señor subiría las escaleras ensimismado, ofuscado, cegado por los problemas que le acuciaban, llegaría a la terraza, se subiría a la cornisa y se arrojaría al vacío en un acto maquinal, premeditado desde hacía años y que se materializaría en este preciso momento.
Por eso, Telesforo chasqueó los dedos e inmediatamente, el señor tomó la dirección opuesta, como un soldado en un cambio de guardia en la puerta de un cuartel.
Sin saber cómo, Telesforo creía haber adquirido ese poder, cambiar el rumbo de las personas, aunque solo podía realizarlo en ciertos momentos de euforia como el que estaba viviendo ahora.
Por eso, además de encontrarse exultante con el amor de Esperanza, ahora también se sentía útil a la humanidad.
Telesforo no lo sabía, pero en realidad, el señor cambió de dirección porque se dio cuenta, en el preciso momento del chasquido de dedos de Telesforo, que había olvidado la cartera en casa y tuvo que volver a por ella ya que había salido a comprar dos entradas para ir con su mujer al teatro esa noche, por ser su aniversario de boda. Pero ¿a quién le importa la realidad cuando se está enamorado?

Era media tarde ya, apenas había probado bocado pero no tenía hambre. Por la ventana entraba una ligera brisa y se quedó dormido encima de la cama sin darse cuenta.

Entró en un sueño profundo donde tenía la facultad de andar sobre las aguas. La sensación era la de andar sobre un hule que cedía unos centímetros a su peso pero no se hundía en él. No tenía voz, se comunicaba por telepatía con personas, animales y plantas. Andando río arriba, se acercó a los árboles de la ribera y les enseñó una foto de Esperanza, solicitándoles que cuando la vieran, agitaran sus ramas en señal de saludo. Les obligó a hacer una prueba y resultó satisfactoria. Algunos peces empezaron a mosquearse con el intruso. Sin querer pisó una carpa que se enfadó muchísimo. Telesforo se disculpó, pero la carpa se marchó ofendidísima. Desde ese momento puso más cuidado de ver por donde pisaba.

Telesforo vivía tan intensamente los sueños que hasta un buen rato después de despertar, no sabía si el sueño era la realidad o la realidad el sueño. Menos mal que despertó en su cama, si hubiera despertado en la ribera del río y se le ocurre ponerse a andar sobre las aguas, se hubiera ahogado. ¡Telesforo no sabía nadar! (ni guardar la ropa)


 Una vez despejado, el resto de la tarde la pasó escribiendo sus poemas, pero no acertaba a plasmar lo que sentía, era difícil describir ese estado eufórico, casi místico que nunca antes había experimentado. Rompía un folio tras otro y al final decidió salir a dar un paseo para despejarse. El fin de semana, que había sido tan inesperado e intenso, se acababa.



V

La noche del domingo al lunes vino con sobresalto. Nada se puede predecir. Parece ser que las musas se presentan cuando les apetece, las muy jodidas. Y a estas se les apeteció aparecer a las tres de la madrugada. Telesforo se levantó somnoliento, cogió papel y lápiz y se dispuso a escribir lo que le dictaran.

(En homenaje a Cortazar, las palabras que salían del lápiz de Telesforo nadaban alegres y contentas, cual pececitos, como si el folio en blanco fuera un plácido lago hasta que al fin se quedaron fijas cada una en su verso):


Sonríe el Amor tras el crimen
El Acto está consumado

El Acto de asesinar
estrangulando el grito
de la garganta virgen
Los cómplices son cobardes
no quieren atestiguar
que el Amor estuvo ahí,
en el lugar del crimen
desde el principio mismo

El Amor no es inocente
Cometió su oscuro crimen
y desapareció
dejando un rastro inconfundible
con su olor rancio
y su recuerdo viscoso

La Víctima desgarra sus ropas
y las arroja al mar
con gesto desesperado
dejando al descubierto
las huellas que le han quedado
de la última batalla


Telesforo, exhausto después de escribir de un tirón y a velocidad vertiginosa lo que las madrugadoras musas le dictaban, releyó el poema y se asustó. No parecía un poema suyo ¿habrían cambiado a sus musas por otras? Dejó el folio sobre la mesa y volvió a dormirse.

La tormenta descargó con furia durante la madrugada. Al salir el sol, la ciudad apareció deslumbrante, fresca para empezar un nuevo día. Un nuevo folio en blanco. Un nuevo lago donde los peces nadaran en todas las direcciones y establecieran nuevos lazos o rompieran con los antiguos e intentaran evitar, ilusos, los anzuelos y las trampas que el destino les depara.

Continuará...

Telesforo y Esperanza, 2ª Parte III

|

(Ver capítulos anteriores)

III

Se encontraron en la puerta del bar donde se habían visto por primera vez y salieron a pasear hacia la rivera del río.

  • He tenido un sueño extraño. Aparecías tú; bueno no tú entera, pero si tu cara
  • ¿Solo mi cara?
  • Con el cuerpo de una bruja
  • ¿Me estás llamando bruja o qué?
  • No, no, ni mucho menos. Solo era un sueño.
  • Pues no creas, que un poco bruja si que soy. Algún día te lo demostraré.
  • ¡No te digo! También salía tu abuelo Facundo en el sueño, bueno, solo su voz pero no le entendía ni papa de lo que decía
  • Ese si que es brujo. Si yo te contara…
  • Pues desde que lo conocí ando yo un poco tarumba. Me tiene intrigado
  • ¿Qué tal me sienta este vestidito que me he comprado en el mercadillo?
  • Estás de fábula, eres mi brujita preferida
  • No te pases, Telesforo, no te pases
  • Es que me tienes en volandas, te he escrito un poema
  • Ya me lo enseñarás
  • No se, no se, mis poemas son muy extraños, como un retrato donde no se encuentra parecido con el original. Pero para mi si que lo tiene.
  • Habrá que verlo. A mi la poesía…
  • ¿No ves como todo el mundo te mira? estoy celoso
  • Me miran porque voy contigo y aquí a los forasteros les tiran a dar, cateto
  • Pues vámonos a otro barrio a pasear felices
  • No tengo mucho tiempo. Vamos a sentarnos un ratito viendo como corre el agua del río en busca del mar.
Se quedan mirando el río en silencio, solo se oía algún graznido de una bandada de flamencos emigrando hacia el sur.

Por la cabeza de Telesforo se cruzan ideas e imágenes de forma vertiginosa que apenas puede ordenar. Mira hacia la bandada de flamencos y estos se convierten en brujitas con la cara de Esperanza que se lanzan hacia el río en picado. Antes de sumergirse remontan vuelo y se ríen a carcajadas delante de la pareja. Solo Telesforo imagina esa especie de aquelarre. Mientras, Esperanza está esperando que Telesforo la abrace, ha decidido de pronto que ese es el momento, pero Telesforo se sobresalta con los flamencos brujas que se ríen y da un respingo:

  • ¿Qué te pasa? ¿a que viene ese respingo?
  • Nada, que me pasan cosas muy raras últimamente
  • Menudo fichaje he hecho contigo
  • ¿Puedo besarte ahora?
  • Menuda pregunta
  • Pero no me la has respondido
  • ¿Tú que crees?
  • Me lo estás complicando. Yo soy muy tímido aunque no lo parezca
  • Me he puesto un vestido nuevo para la ocasión y tú aun me lo preguntas

Telesforo besa a Esperanza apasionadamente (o eso cree él)

  • ¿Eso es todo? Pues vaya
  • Espera, espera…(la besa de nuevo, esta vez se abandona y viaja hacia las estrellas)
  • Eso está un poco mejor

La parejita vuelve al barrio y Esperanza se queda en su casa. Telesforo toma el camino de la suya silbando en francés durante el trayecto. Si darse cuenta, como si el tiempo se hubiera congelado, se encuentra en el portal de su casa. 

Continuará...

Telesforo y Esperanza. 2ª Parte II

|

(Ver capítulos anteriores)
II

Telesforo barajó varias opciones para pasar el domingo:

  • Quedar con Esperanza para dar un paseo y lo que surja
  • Si fracasaba el plan, quedarse en casa escribiendo poemas inverosímiles
  • ¿Que no aparecen las musas? Ir al mercadillo de los domingos, que siempre está bastante animado

Llamó a Esperanza pero el teléfono lo tenía desconectado. Chasco total. En ese estado intentó escribir un poema:

He perdido tu imagen
he perdido tu voz
llámame desde las nubes
con tu voz de saltimbanqui.

Gira y gira alrededor
con tu escoba voladora
hasta que pierda el sentido

Y despiértame en la noche
con el calor de tu cuerpo.

Tengo miedo del amor
solo me llegó su sombra
pero ahora estoy herido
herido de muerte y solo

Después de escribir el último verso, rodó una lágrima por su mejilla izquierda que se convirtió en una salamanquesa. La salamanquesa se paseó por el papel donde estaba escrito el poema y se comió el verso “con tu voz de saltimbanqui” e inmediatamente se puso a cantar con voz de saltimbanqui un fragmento de una opera desconocida. Telesforo sonrió ante tal proeza pero enseguida hizo vomitar a la salamanquesa el verso que se había tragado. No estaba dispuesto a que nadie mutilase su poema. La salamanquesa se despidió y salió por la ventana. Telesforo se quedó en stand by y en ese momento de quietud sonó el teléfono:

  • ¿Telesforo? Tengo una llamada perdida y supuse que era tuya
  • Hola Esperanza, te llamé hace un rato pero lo tenías desconectado
  • Si, es que ayer me acosté tarde
  • ¿Dónde estabas si puede saberse?
  • ¿Y a ti que te importa? Mira que curioso me ha salido el chaval
  • Pues si, me preocupo por ti. ¿No te he dicho aún que me tienes en una nube?
  • Pues no, pero me parece que vas muy rápido ¿no, muchachito?
  • Tú tienes la culpa, me has embrujado. Por cierto, tengo que contarte un sueño que he tenido ¿nos vemos esta mañana?
  • Bueno, a partir de las doce tengo un par de horitas

Quedaron para las doce y Telesforo entró en un estado casi de trance. No se subió por las paredes de milagro, esperando el momento del encuentro. Lo del mercadillo quedaría para otro domingo.

Continuará...