No estamos seguros (en La Cosmopolita)

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El martes 24 de febrero se "representó" en el bar La Cosmopolita de Málaga, el relato "No estamos seguros" (con música y texto de José L. Álvarez -Babelain-) 

La "representación" corrió a cargo de los poetas (y amigos) Jacinto Pariente, Juan Manuel Villalva y Paco Cumpián. Presentó Inma Bernils (poeta, polipoeta y actriz).


 Aquí podéis ver un resumen. Gentileza de Bruno, que grabó el vídeo y luego hizo el resumen.




De izquierda a derecha: Juan Manuel Villalva, Jacinto Pariente, Paco Cumpián (señalando al culpable, o sea a mí, mientras les hago la foto final) e Inma Bernils.

Agradezco desde aquí la implicación de todos ellos en el "evento". Unos días antes, en el ensayo en nuestra casa, compartimos un arroz y nos peleamos con el texto (sobre todo, el "desgajado" Jacinto).
Al final lo hicieron de lujo, y eso que el "material" no daba para mucho; todo hay que decirlo.



Portada del librito editado por Paco Cumpián (Maestro Impresor)


Para los no habituales del blog, el relato se puede leer, con el añadido de las ilustraciones de Mavi, a partir del siguiente enlace (Capítulo I), y luego ir viendo páginas posteriores:

http://totovaca.blogspot.com.es/2014/06/no-estamos-seguros-i-la-estrella.html


Para los prolegómenos utilizamos el instrumental “Introducción, del CD “Viendo pasar los trenes”:



Para las transiciones entre capítulos: “La última carta de Dylan Thomas”, del CD “El espejo ahogado”:

La Luna no tiene vello

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La Luna no tiene vello
(letra y música.- Babelain)

Sale la luna
tras la montaña
lo mira todo
con su cara extraña.

Intuye fortunas
prevé desgracias
no tiene vello
y provoca el ansia

Su piel tan blanca
brilla en la noche
giran en la feria
los carricoches

No dice nada
parece muda
es fruta extraña
y desnuda

Imanta mares
confunde el alma
cuando se marcha
viene la calma

Los buhos vigilan
bajo su manto
las brujas despliegan
todos sus encantos

Ordeña nubes
la Luna llena
ofrece su jugo
en las verbenas

El dulce jugo
y un poco amargo
agita el sueño
nos saca del letargo

No dice nada
parece muda
es fruta extraña
y desnuda

Imanta mares
confunde el alma
cuando se marcha
viene la calma


Sale la Luna
tras la montaña
lo mira todo
con su cara extraña

Los buhos vigilan
bajo su manto
las brujas despliegan
todos sus encantos

No dice nada
parece muda
es fruta extraña
y desnuda

Imanta mares
confunde el alma
cuando se marcha
viene la calma



Instrumentos utilizados en esta ocasión: Bajo Yamaha, Batería Roland, Guitarra Fender Stratocaster (la joya de la corona, auténtica U.S.A. de finales de los 60, se nota no?) y la última adquisición, un ukelele electroacústico. La Fender acústica se ha colado en la foto pero no la utilizo aquí.


Link canción con portada;


https://mega.co.nz/#!859GSaIZ!YeH9WZkk1D3xBuhzzL3hRJU8YJ_EgIJB1STMZG3EiRE

El Espontáneo

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El espontáneo

Ella caminaba por la otra acera. Me lancé a cruzar la gran avenida como se lanza un espontáneo a la plaza de toros. Esquivé de milagro las cornadas de los autos que la recorrían veloces en las dos direcciones. La había divisado desde mi acera porque irradiaba luz, ya que soy corto de vista. Cuando llegué a su altura, jadeante, le pregunté:

-¿Ha valido la pena arriesgar la vida atravesando la avenida repleta de locos al volante por venir y preguntarte si ha valido la pena arriesgar la vida...?

Ella siguió caminando altiva, con su carita de porcelana, como si oyera llover. En ese punto comenzó a llover. Por fortuna siempre llevo un paraguas a mano. Lo abrí y le ofrecí cobijo. Se agarró a mi brazo. Sonrió muy levemente. Me estremecí. Me puse a silbar, no sabía qué paso dar ahora. La miré de refilón. Sus rasgos eran asiáticos, con manos muy delicadas, piernas muy delgadas y pies diminutos. No se si entendía mi idioma. De repente se puso a silbar muy agudo la misma canción que silbaba yo antes. Nos convertimos por un momento en un dúo silbante de lo más armonioso. Dejó de silbar, me miró de frente y me dijo sin rastro de acento alguno:

-¡Tenemos que hablar!-

Me puse a temblar, algo iba mal. Sacó su móvil del bolsito y nos hicimos un selfie. Enseguida lo envió a un destinatario desconocido para mi. Al poco rato, un gran coche negro con los cristales tintados aparcó a nuestro lado. Se abrió una puerta y ella desapareció dentro.

A la mañana siguiente, leyendo el periódico en un bar, descubro que aquella mujer asiática era la amante de un famoso capo que habían asesinado esta misma noche. En la foto del periódico salía del brazo del mafioso unos día antes de nuestro encuentro.


 Fui al hotel, recogí mis cosas, pagué la cuenta y salí cagando hostias de allí. Ahora me encuentro en paradero desconocido. Me he afeitado el bigote y he ido a comprarme un sombrero. He adelgazado cuidando un poco la alimentación. Menos mal que en el hipódromo me van bien las cosas. En las últimas semanas he acertado varios caballos ganadores que no eran de los favoritos y me he sacado una pasta. Con los prismáticos descubrí a una negrita de piel brillante que cada vez que sonríe lo ilumina todo. Veremos si hay suerte.

Tres partes

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Tres partes
  • Todo lo tenía que dividir en tres partes, a poder ser, iguales.
  • El día lo había organizado en tres bloques de 8 horas cada uno. De 7:00 a 15:00: trabajo. De 15:00 a 23:00: comida, siesta, paseo y ocio (lectura, cine, etc...). De 23 a 7:00: cama.
  • Ahora estaba casado con su tercera y última mujer. De las dos anteriores se divorció después de haber tenido tres hijos con cada una. Con la mujer actual también cumplió con la cuota de hijos correspondiente. Había terminado ese ciclo ya. No habría más mujeres ni más hijos, pasara lo que pasara.
  • El sexo no escapaba de esta obsesión tripartita. Lo hacía tres veces al mes con su mujer. Cada sesión la dividía en tres partes de un minuto aproximadamente (no usaba cronómetro... todavía). La primera, los preliminares, la dividía en tres partes de unos veinte segundos cada una, dedicadas a acariciar metódicamente: primero la teta izquierda, segundo la derecha y finalmente el coño propiamente dicho. La segunda parte, la penetración, duraba otros sesenta segundos y aunque eyaculara antes, él se quedaba “ensamblado” hasta que no pasaran esos sesenta segundos reglamentarios. Finalmente, la conclusión, consistía en fumarse un cigarrito en la cama y apagarlo justo al minuto de haberlo encendido, al mismo tiempo que se despedía de su mujer con un escueto: “Buenas noches, cariño, mañana será otro día, supongo”.
  • Había dejado escrito en su testamento que, cuando muriera, sus cenizas se dividieran en tres partes. No le hicieron ni puto caso. Sus tres mujeres, reunidas para la ocasión, le dieron tres patadas cada una a la urna de las cenizas y la abandonaron en un descampado inhóspito a las afueras de la ciudad y se fueron a tomar tres... o cuatro copas, nadie se paró a contarlas.

El Tren

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El Tren

Aquel tren había echado el ancla y ya no se movería nunca más del sitio. Ahora le tocaba moverse al resto del mundo. Los billetes para ese tren eran muy difíciles de conseguir, había que tener muy buenas influencias y aflojar una gran cantidad de pasta para hacerse con ellos.

En cierta ocasión, hace ya algún tiempo, con la ayuda de un amigo de otro amigo de otro amigo que me debía un gran favor, pude comprar dos billetes, uno para mi amante y otro para mi.

Subimos a aquel tren anclado en medio de la nada. Esperamos un rato a que se completara con el resto del pasaje, igual que en los carricoches de las ferias y nos dispusimos a contemplar cómo el paisaje, con su variada naturaleza y los pueblos y ciudades de todo el mundo, “viajaban” ante nuestras narices sin tener que movernos nosotros ni un ápice.

Al principio empezaron a desfilar lentamente, por delante de la ventana de nuestro camarote privado, unos árboles de porte majestuoso. Después, grandes prados amarillentos con montañas inmensas en el horizonte. Los camareros nos ofrecían frecuentemente copas de champán, canapés variados y exquisitos bombones, además de servirnos el desayuno, comida y cena con la más rigurosa puntualidad. Algunas azafatas estaban siempre dispuestas para poder atender nuestras peticiones, cuando estas fueran mínimamente razonables.

Empezaron a aparecer entre el paisaje algunos pueblecitos de casas blanquísimas y chimeneas humeantes. Cuando quisimos darnos cuenta, por la megafonía interna se anunció la “llegada” al tren de la primera gran ciudad: “Estimados pasajeros y pasajeras, en breves instantes podrán contemplar cómo la ciudad de Venecia aparece ante sus ojos como por arte de magia. Y sin movernos del sitio. Pueden disfrutar de ella durante seis horas, contadas a partir de que Venecia “se detenga” en el andén de nuestra estación. Después de ese tiempo, la ciudad “partirá” y el pasajero que no se encuentre en el tren lo “perderá” para siempre”.

La incredulidad inicial dio paso a un estado de euforia general, ayudada en parte por la generosa ingesta de champán por parte de los pasajeros. Disfrutamos de Venecia con un poco de estrés, no queríamos despistarnos y perder el tren; bueno, que el tren nos perdiera a nosotros, arrastrados por la despampanante ciudad de Venecia.

Después de contemplar cómo un fiordo noruego pasaba descaradamente ante nuestros ojos, un apretado bosque de abetos, dos desiertos con sus camellos, la muralla china, el Lago Titicaca, y La Selva Negra, pudimos comprobar, debidamente anunciada por la susodicha megafonía, cómo se detenía delante de nuestro inverosímil y sedentario tren, la imponente ciudad de Río de Janeiro.

Aquí ya pudimos soltarnos un poco y aprovechar bien el tiempo. De todas formas habían añadido una hora más debido a alguna protesta por parte de algún pasajero importante; ahora eran siete. Estábamos aprendiendo a dosificar el tiempo.

Pasaron el Machu Pichu, La Selva Amazónica, Las Cataratas de Zimbabwe, El Gran Cañón del Colorado... En los intervalos entre estos maravillosos paisajes se detuvieron ante nuestro tren y pudimos visitarlas, por este orden, las ciudades de Marrakech, Roma, Varanasi, París, Barcelona, Katmandú, Buenos Aires, Alejandría, Nueva York y Amsterdam. Y ahí acabó aquel estático viaje en tren, donde el pasajero no viaja, es el “mundo” el que viaja hacia el pasajero. Ese mundo dejó de moverse, volvimos a contemplar el prado del principio del viaje por la ventanilla de nuestro camarote. Nos dieron una cordial despedida por la megafonía, bajamos del tren y nos desplazamos a casa. Qué extraño nos resultó “desplazarnos” nosotros, en vez que se desplazara la casa hacia donde nos encontrábamos. En fin, así son las cosas.





Se detuvieron ante nuestro Tren ... Amsterdam...




Pasaron... El Gran Cañón del Colorado...

Bab El Ain. Dos caminos.

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DOS CAMINOS
(Letra y música.- Babelain)

(Letra adaptada de un poema de hace unos años, publicado en este mismo blog)

DESDE EL MAR HACIA EL ESPEJO
HAY UN CAMINO SECRETO
DESDE EL ESPEJO HACIA EL MAR
HAY OTRO MENOS DISCRETO

EL PRIMERO LO UTILIZAN
ALGUNOS NAVÍOS INTRÉPIDOS
EL SEGUNDO, TODO EL MUNDO
DESDE LA MUERTE HASTA EL VIENTO
POR ESO COJO EL PINCEL
PINTO EL ESPEJO DE NEGRO
PARA QUE NO PUEDA ENTRAR NADIE
Y SE QUEDE LO QUE HAY DENTRO
DESDE EL MAR HACIA EL ESPEJO
HAY UN CAMINO SECRETO
DESDE EL ESPEJO HACIA EL MAR
HAY OTRO MENOS DISCRETO

SI DENTRO QUEDA LA MUERTE
LA METÁFORA Y EL VIENTO
TENDREMOS UN POCO DE CALMA
AUNQUE SEA POR POCO TIEMPO
POR ESO COJO EL PINCEL
PINTO EL ESPEJO DE NEGRO
PARA QUE NO PUEDA ENTRAR NADIE
Y SE QUEDE LO QUE HAY DENTRO
ESE CAMINO A LA INVERSA
DESDE EL ESPEJO HASTA EL MAR
CON SUS TRAMPAS Y ESPEJISMOS
SIEMPRE DISPUESTO A ENGAÑAR

TIENE SUS DÍAS CONTADOS
PRONTO DESAPARECERÁ
MUERTE, METÁFORAS Y VIENTO
DENTRO DEL ESPEJO SE AHOGARÁN
POR ESO COJO EL PINCEL
PINTO EL ESPEJO DE NEGRO
PARA QUE NO PUEDA ENTRAR NADIE
Y SE QUEDE LO QUE HAY DENTRO

   


Canción con portada

https://mega.co.nz/#!c9EWCS6Y!gi0HLm7secoH6mn8cVoMz-0B5CcfaxktM-0J2eicgXk



Poema original

DOS CAMINOS

HAY UN CAMINO DIRECTO
DESDE EL MAR HACIA EL ESPEJO
HAY OTRO QUE NO SE VE
DESDE EL ESPEJO HACIA FUERA

EL PRIMERO LO UTILIZAN
ALGUNOS NAVÍOS INTRÉPIDOS
EL SEGUNDO, TODO EL MUNDO
DESDE LA MUERTE HASTA EL VIENTO

POR ESO COJO EL PINCEL
PINTO EL ESPEJO DE NEGRO
PARA QUE NO PUEDA ENTRAR NADIE
Y LO QUE HAY DENTRO SE QUEDE

SI DENTRO QUEDA LA MUERTE
LA METÁFORA Y EL VIENTO
TENDREMOS UN POCO DE CALMA
AUNQUE SEA POR POCO TIEMPO




Viento IV. ¡Lo sabía!

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VIENTO
IV
¡Lo sabía!
  • Aún en la cama, sin espabilar del todo, imagino que me entrevisto a mi mismo. Más que nada para conocerme un poco más. Misión imposible. Empezaría con una pregunta para epatarme a mi mismo: -¿Eres lo que aparentas? ¿O aparentas lo que eres?- Seguramente respondería con una frase “aparentemente” inteligente pero que no diera ninguna pista fiable sobre mi. Mientras menos información tenga sobre mi mismo, menos vulnerable me siento. Y así toda la entrevista. Al final, todos contentos e insatisfechos a partes iguales, entrevistado y entrevistador.
  • Nada más entrar en el bar vi algo extraño en la cara de Pascal. Nos saludamos respetuosamente y pedí una cerveza. Él ya estaba bebiendo la suya. Me contó que se había sentado junto a Marguertite en el banco del parque con la intención de hablarle de mi y propiciar un encuentro entre ambos, pero después de presentarse y ver la acogida tan extrañamente afectuosa con la que lo recibió, empezó a dudar de sus sanas intenciones. Marguerite era una mujer que no se podía dejar escapar bajo ningún concepto. Me dijo que yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo. También me contó que hablaron con gran soltura de cualquier tema que salía a colación, que dieron un paseo y tomaron unas copas. La relación fue tan fluida que, al despedirse en la puerta de su casa con un beso en la mejilla, que prometía mucho más que eso, quedaron para la noche siguiente. Me dijo que lo sentía, pero las cosas habían salido así y no había podido evitarlo. Le dije que no importaba. Mentí lo mejor que sabía (no sé mentir - bueno, depende) le di la mano y me marché con la excusa de una cita con una chica que había conocido por la mañana desayunando en el bar. No se si se lo creyó, pero aparentemente, mi dignidad quedaba casi intacta.
  • Volví a casa y abrí una botella de vino que tenía preparada por si me atrevía a invitar a comer algún día a Marguerite. Me la bebí entera y me eché en la cama. Dormí como un bendito hasta la madrugada siguiente.
  • Maldito viento de levante. No lo soporto. Tampoco soporto la resaca. Cada vez me resulta más incomprensible todo. Quiero decir, eso de la causa y el efecto ¿significa algo este episodio de Marguerite? ¿Hay causa y efecto? ¿Hay causalidad o casualidad en la aparición de Pascal en este asunto? Puta mierda de metafísica. Y el verano se está acabando. Esto de Pascal y Marguerite me está tocando los cojones bien tocados. Creo que me merezco esta situación, por gilipollas. No es casualidad, ya se que la casualidad no existe, pero...la gilipollez, si. Y Pascal es un cabronazo, eso también es cierto, por cierto ¿entonces, donde queda el azar?
                                                                        

Viento III. Aizkolari.

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VIENTO
III
Aizkolari
  • Ayer, minutos antes de dormirme, imaginé un guión para un corto (de animación, o no). La cámara se adentra en un frondoso bosque de hayas. Se va acercando a una figura que se deja ver entre los árboles. Suena cada vez más nítido el sonido de un hacha cortando un tronco de madera. La figura resulta ser un aizkolari. A partir de ahora se suceden distintos planos de un par de segundos cada uno. A cada golpe de hacha en primerísimo plano, con su sonido correspondiente, le sucede otro primerísimo plano distinto. Primero el nacimiento de un bebé. Corte de hacha. Primer paso del hombre en la luna. Corte de hacha. El urinario de Marcel Duchamp. Corte de hacha. Rostro sudoroso del aizkolari. Corte de hacha. Un ruiseñor cantando. Corte de hacha. Charlot caminando de espalda con su bastón. Corte de hacha. Elvis da un golpe de cadera. Corte de hacha. Rostro sudoroso del aizkolari. Corte de hacha, Charlot caminando de frente con su bastón. Corte de hacha. La carta de El Ahorcado del Tarot. Corte de hacha. A partir de ahora, el aizkolari, tumbado en el suelo, primero se mutila la pierna izquierda con el hacha en su brazo derecho, después, con el hacha en su brazo izquierdo, se mutila la pierna derecha, a continuación, con el hacha en su su brazo derecho, se mutila el izquierdo, y para terminar, se corta el cuello. La cámara enfoca a Charlot caminando de frente hacia la ella. Cuando está muy cerca, da un giro brusco y se aleja dando vueltas al bastón hasta desaparecer. La cámara vuelve a adentrarse en el bosque de hayas. Resuena el filo del hacha cortando un tronco. TAC... TAC... TAC...
  • Estoy seguro de que había más detalles, pero ahora solo recuerdo esto. Si alguna vez reúno el valor para hablarle a Marguerite ¿le gustaría este guión? A Pascal seguro que no le dejaría indiferente. Se lo contaré en nuestra próxima cita, si me llama.
  • Imaginación si que tengo, aunque mi vida es de lo más vulgar. ¿Culpa mía. O del “guionista”? Pero ¿hay guionista?
  • Esta mañana no hace ni pizca de viento. Abro la nevera, está vacía, solo algún yogur y un par de plátanos maduros. Después de tomar un té salgo a la calle y compro el periódico. Paso por el parque. Marguerite no está. Qué raro. Me siento en un banco apartado y leo el periódico. Casi todo son desgracias. Me deprimo un poco más de lo que estaba al levantarme. Tengo que hacer la compra.
  • He llenado la nevera para una semana. Después de comer un arroz a la cubana (tenía que aprovechar los plátanos antes de que se estropearan del todo) me he echado una siesta. Soñé que tenía una nevera repleta de alimentos exóticos y maravillosos, pero me era completamente imposible abrir la puerta de la nevera. No había forma. Llegue a un estado de desesperación absoluta y al final me desperté completamente empapado de sudor. Fui a la nevera y se abrió perfectamente. No encontré esos alimentos exóticos del sueño, pero no estaba mal del todo. Me bebí una cervecita bien fría.
  • Me quedan aún unos días de vacaciones. Tengo que aprovecharlos y no quedarme con la sensación del año pasado. Parece que esta vez va un poco mejor la cosa. He quedado con Pascal mañana por la tarde. Veremos.

VIENTO II. Pascal

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VIENTO
II
(Pascal)

  • Me ha llamado Pascal, un antiguo compañero de estudios. Dice que si nos vemos mañana por la tarde en un bar del centro. No conozco ese bar. Ya me he puesto nervioso. Tengo ganas de verlo, pero Pascal siempre ha sido un lanzado, un aventurero, un cabeza loca. Simpático, pero imprevisible. Yo soy más sensato y su comportamiento me desestabiliza. De todos modos creo que me vendrá bien verlo. Encima ha sido él quién lo ha propuesto, eso me da cierta ventaja ¿no? Ya hace unos años que no nos vemos, no sé en qué andará metido este tío, con lo raro que es. Veremos.
  • No he podido dormir bien con los nervios de la cita con Pascal. No se qué hacer esta mañana, hasta que llegue la hora del encuentro. He estado recordando los tiempos de la universidad y la verdad es que hice pocos amigos. Dos o, como mucho, tres. Sin contar el “romance” de una semana con una chica que al final no cuajó. Aún no sé por qué. Después de aquella semana, nos distanciamos y al final cada uno tiró para un lado. No quedó nada de aquello.
  • Se me ocurren muchas cosas absurdas a lo largo del día, pero como soy tan comedido, las dejo pasar. A veces recuerdo alguna y la apunto en una libreta, por curiosidad o para compensar mi comportamiento aburrido y previsible. Hoy me he descubierto pensando que yo vivía en el País de los Tontos. Se celebraban elecciones a Rey y salí elegido. El más votado era el que consideraban el ciudadano más tonto del país. Ser tonto de remate tenía sus ventajas también. Me vi dictando leyes tontísimas con voz lela a mi secretaria, que era muy tonta pero estaba riquísima. Ella me miraba con la boca abierta y se reía. Yo le decía que cerrara la boca, que parecía una “tontalaba” y ella creía que era un piropo y se ponía colorada. Mientras más tonta era la ley, más probabilidades tenía de que los súbditos la obedecieran a pies juntillas. Lo mejor de todo era que el país funcionaba como cualquier otro, ni mejor ni peor. Luego me entró hambre, olvidé mi corona, me zampé un bollo con mantequilla y chocolate “Maruja” y el panorama cambió.
  • Salí a dar un paseo por el puerto antes de comer. Quedaba mucho para la famosa cita. El mar estaba rizado, con “borreguitos” de espuma blanca debido al viento de poniente. Los barcos entraban y salían por la bocana del puerto haciendo sonar sus sirenas. Había mucha gente paseando, montando en bici o patinando; familias con niños pequeños que jugaban gritando y riendo. Me gusta observar a los niños cuando se quedan absortos, ensimismados en sus juegos misteriosos. No parecen de este mundo. Yo tampoco, pero no es lo mismo.
  • Al final la cosa no ha estado tan mal. Este Pascal parece que no se come a nadie. Me ha dicho que me ha encontrado “fenomenal” (así escrito parece cursi, pero no me dio esa impresión). Un tipo majo. Al principio estaba yo un poco cortado, pero a la tercera cerveza me solté y hasta parecía que eso de las citas con amigos era pan comido para mi. La resaca sí que fue “fenomenal”. Creo que he cometido un error al comentarle lo de mi indecisión con Marguerite. No debo dar tantas pistas sobre mi “personalidad”, luego las pueden utilizar en mi contra.


Viento

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VIENTO
I
(Marguerite)
  • Ayer tarde vi a Marguerite. Estaba sentada en el banco de siempre, leyendo y dando de comer distraídamente a las palomas. Ella no me vio. De todas formas no me hubiera reconocido. Pero por si acaso me calé el sombrero hasta las cejas y levanté las solapas de la chaqueta hasta la barbilla. Cualquier día de estos me atrevo a hablarle. Pero aún no estoy preparado
  • El conflicto empieza siempre nada más levantarme de la cama. Me asomo a la ventana, si el viento viene de levante me pone melancólico; pero si sopla de poniente fuerte, la cosa se complica y entro normalmente en un estado de irritación permanente. Después del desayuno intento estabilizarme emocionalmente y aparento ser un tipo agradable, incluso le sonrío al espejo con una mueca ridícula al cepillarme los dientes. Luego, al correr el día, suele irme mejor con el poniente que con el levante.
  • Aquella mañana, al ir a comprar colirio en la farmacia, observé a una joven que pedía una caja de preservativos. La joven se sonrojó cuando vio que la observaba. Al salir de la farmacia alcancé a ver que subía a un coche, donde le esperaba un hombre calvo pero joven. Inmediatamente los imaginé en una batalla carnal en medio de un bosque de pinos. Imaginé también que al hombre le caía una procesionaria en su brillante calva que le producía una irritación considerable justo cuando estaban en la fase más excitante de la batalla y tuvieron que ir a urgencias Precisamente, aquella mañana, el viento era de poniente y soplaba con fuerza.
  • Al día siguiente, con brisa ligera de levante, me acerqué al centro de salud para pedir una cita con mi médico de cabecera. Al pasar por la sala de urgencias vi a un calvo con una erupción en la cabeza. No pude precisar si era el mismo hombre del día anterior, además, aquello ocurrió en mi imaginación. Las cosas no son así, eso está claro. En la sala de espera me dio por recordar aquellas excursiones domingueras con la familia a un pinar cerca de la frontera. No recuerdo las procesionarias, pero si arañas colgando de los árboles, mis hermanas con las trenzas, columpiándose, la tortilla de patatas, las heridas en las rodillas y tobillos, jugando a policías y ladrones, ''¡cuidado con la piedras, niños! ¡no alejaros mucho!...''
  • El médico me dijo que aquello no era más que un resfriado mal curado. Con un par de días de medicación la cosa mejoraría. Me quedé en casa leyendo. Al rato me dormí y soñé con un jardín exuberante repleto de flores... de plástico. La banda sonora era El Anillo del Nibelungo de Wagner. Cogí unas tijeras de podar gigantes y emprendí una batalla contra aquella aberración. Mientras más podaba, más se reproducían aquellas flores del demonio. Terminé por despertarme completamente agotado y sudoroso. Seguía el viento suave y húmedo de levante. Me entraron unas ganas terribles de beberme un gazpacho bien frio, pero no había tomates en la nevera.
  • Casi nunca me ocurría algo fuera de lo normal. Y no digamos, algo extraordinario. Creo que es mejor así. No sabría cómo reaccionar. Me pondría nerviosísimo, tartamudearía, sudaría, tendría palpitaciones... Necesito mi rutina. Mi humilde rutina. Por cierto, se me había acabado el té y eso siempre me pone de mal humor. Tendría que haber comprado un paquete unos días antes de que se acabara este. Normalmente soy previsor. Maldito calor húmedo.
  • Se está terminando el verano. Antes de que acabe querría quedar con un antiguo amigo de la oficina y salir a tomar una cerveza. Me da vergüenza llamarlo. Creería que estoy necesitado de compañía. Y lo peor es que es cierto. A menudo hablo solo. Cada vez más.
  • Hoy tampoco me he atrevido a hablarle. Marguerite estaba sentada en el banco de siempre, había menos gente en el parque y no me acerqué mucho. La observé de lejos. Tengo que reconocer que está cada vez más guapa. Le sienta bien cumplir años, no cabe duda. Y además sabe vestirse, elige muy bien la ropa que le favorece. ¿Cuando reuniré el valor necesario?