En remojo
La Sra. Botella nadaba en el mar
a una prudencial distancia de la orilla. Se encontraba joven y guapa
en esa mañana de sol radiante. Llevaba agarrada con ambas manos una
pequeña plancha de corcho semejante a una bandeja de té. Pero, le
faltaba algo. No sabía exactamente qué. Súbitamente se puso a
gritar a los bañistas que retozaban en la orilla:
-Por favor, ¿podría alguien
acercarme un puñadito de arena?
Pero todo el mundo se hacía el
“longuis”. Al final, la Sra. Botella decidió acercarse ella
misma a la orilla a por la arena. Ya cerca de la orilla tuvo que
sortear varias barras de madera donde se habían insertado unos
pollos asados, a modo de futbolín gigante. Los pollos daban vueltas
sobre si mismos como tratando de golpear un balón imaginario. Esto
provocaba un incómodo oleaje.
Una vez traspasado el futbolín
avícola, la Sra. Botella se dirigió a la “Oficina de ventas
intachables”, que se encontraba junto a los típicos chiringuitos
y se presentó como “La Sra. Botella, Alcaldesa de la Villa y Corte
de Madrid”:
- Quisiera comprar un puñado
de arena
- Sra. Botella, eso sería una
venta ilegal y no puedo permitírmelo
- Y a mi que me cuenta. Vd. me
vende un puñado de arena y asunto concluido
- Mire Vd., Sra. Botella, si se pudiera vender la arena, los potentados la comprarían a espuertas y se la llevarían a sus mansiones para fabricar playas artificiales y nos quedaríamos sin playas públicas. Si quiere, cuando salga de aquí, coja un puñadito de arena de la orilla con disimulo y aquí paz y después gloria.
La Sra. Botella frunció el ceño
y salió de allí murmurando y jurando venganza, aunque, siguiendo el
consejo del empleado, cogió clandestinamente un puñadito de arena,
volvió al mar sorteando el futbolín de pollos asados y cuando llegó
a la zona de mar en calma, depositó el puñado de arena en su
plancha de corcho formando una pequeña montañita. Esta acto tan
simple le proporcionó una inmensa, extraordinaria, paz interior,
desconocida por ella hasta entonces, que solo se mitigó cuando vio
que se le estaba arrugando la piel, como a los garbanzos, por estar
tanto tiempo en remojo.




















