VIENTO
II
(Pascal)
- Me ha llamado Pascal, un antiguo compañero de estudios. Dice que si nos vemos mañana por la tarde en un bar del centro. No conozco ese bar. Ya me he puesto nervioso. Tengo ganas de verlo, pero Pascal siempre ha sido un lanzado, un aventurero, un cabeza loca. Simpático, pero imprevisible. Yo soy más sensato y su comportamiento me desestabiliza. De todos modos creo que me vendrá bien verlo. Encima ha sido él quién lo ha propuesto, eso me da cierta ventaja ¿no? Ya hace unos años que no nos vemos, no sé en qué andará metido este tío, con lo raro que es. Veremos.
- No he podido dormir bien con los nervios de la cita con Pascal. No se qué hacer esta mañana, hasta que llegue la hora del encuentro. He estado recordando los tiempos de la universidad y la verdad es que hice pocos amigos. Dos o, como mucho, tres. Sin contar el “romance” de una semana con una chica que al final no cuajó. Aún no sé por qué. Después de aquella semana, nos distanciamos y al final cada uno tiró para un lado. No quedó nada de aquello.
- Se me ocurren muchas cosas absurdas a lo largo del día, pero como soy tan comedido, las dejo pasar. A veces recuerdo alguna y la apunto en una libreta, por curiosidad o para compensar mi comportamiento aburrido y previsible. Hoy me he descubierto pensando que yo vivía en el País de los Tontos. Se celebraban elecciones a Rey y salí elegido. El más votado era el que consideraban el ciudadano más tonto del país. Ser tonto de remate tenía sus ventajas también. Me vi dictando leyes tontísimas con voz lela a mi secretaria, que era muy tonta pero estaba riquísima. Ella me miraba con la boca abierta y se reía. Yo le decía que cerrara la boca, que parecía una “tontalaba” y ella creía que era un piropo y se ponía colorada. Mientras más tonta era la ley, más probabilidades tenía de que los súbditos la obedecieran a pies juntillas. Lo mejor de todo era que el país funcionaba como cualquier otro, ni mejor ni peor. Luego me entró hambre, olvidé mi corona, me zampé un bollo con mantequilla y chocolate “Maruja” y el panorama cambió.
- Salí a dar un paseo por el puerto antes de comer. Quedaba mucho para la famosa cita. El mar estaba rizado, con “borreguitos” de espuma blanca debido al viento de poniente. Los barcos entraban y salían por la bocana del puerto haciendo sonar sus sirenas. Había mucha gente paseando, montando en bici o patinando; familias con niños pequeños que jugaban gritando y riendo. Me gusta observar a los niños cuando se quedan absortos, ensimismados en sus juegos misteriosos. No parecen de este mundo. Yo tampoco, pero no es lo mismo.
- Al final la cosa no ha estado tan mal. Este Pascal parece que no se come a nadie. Me ha dicho que me ha encontrado “fenomenal” (así escrito parece cursi, pero no me dio esa impresión). Un tipo majo. Al principio estaba yo un poco cortado, pero a la tercera cerveza me solté y hasta parecía que eso de las citas con amigos era pan comido para mi. La resaca sí que fue “fenomenal”. Creo que he cometido un error al comentarle lo de mi indecisión con Marguerite. No debo dar tantas pistas sobre mi “personalidad”, luego las pueden utilizar en mi contra.











































