Las Memorias de Afram

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LAS MEMORIAS DE AFRAM

Tengo poco que contar de mi vida. Ha sido muy sencilla; nada del otro mundo. Mi nombre es Afran, por el gran río. He vivido, desde que nací, en el límite de la selva y la sabana. Primero en una choza familiar, luego, cuando me emancipé, construí una choza para mi mujer y para mí. Y ahora, en una choza individual en plena selva.

Lo que puedo recordar de mi vida es esto: desde muy pequeño siempre me ha gustado correr, he sido muy veloz. Mi primer susto fue al entrar en el río, creía que se podía correr allí también. Pronto me di cuenta de que no. Mi primo me agarró por los pelos y me sacó cuando ya había tragado mucha agua. Mi primo me enseño a nadar y enseguida aprendí a pescar. Me reía de todo, me llamaban Afran el “risueño”. Si una gacela que acechaba se asustaba con mi presencia, yo reía. Si un pájaro se posaba en una rama cercana y cantaba, yo reía. Si mi madre me regañaba por algo, yo no reía delante de ella, sería terrible, pero luego, a solas, me reía de su regañuza, no de ella. Mi madre era una mujer muy buena. Mi padre era serio, un gran guerrero, no lo conocí bien nunca, pero su mirada me decía que me quería y que confiaba en mi.

Las dos penas más grandes que recuerdo fueron, primero la muerte de mi padre y años más tarde, la de mi madre. Esta fue aún más grande. Ellos me enseñaron, a su manera, como vivir la vida, sin complicaciones. Sus escasos consejos me fueron muy útiles. Al principio no les hacía caso, pero poco a poco iban calando dentro de mí y fueron de gran ayuda. La muerte de mi esposa fue otra cosa.

Mi primer amor fue mi único amor. Una tarde, empezando a anochecer, una niña del poblado vino hacia mí y me tocó el hombro. Empezó a reír como una loca y salió corriendo. Yo, al rato también reí pero no comprendía nada. Unos años después, esa niña estaba sentada cerca de una hoguera juntando piedras de colores para hacer collares que luego vendía a un comerciante que pasaba por allí camino de la ciudad para vendérselos a los turistas. Pasé junto a ella y la reconocí. Nos miramos, le hice un gesto con los ojos. Me siguió hacia la selva. En una pequeña gruta nos acariciamos la piel, nuestras respiraciones se agitaron pero pronto se acompasaron y entramos en otro mundo. Después de estar un rato abrazados, nos separamos, luego, en silencio, salió primero ella de la cueva y al rato salí yo. Algo había cambiado. Al día siguiente fui a hablar con el padre de la muchacha y él consintió la boda. Fue una ceremonia muy sencilla pero la fiesta que siguió fue de las que se recordarán siempre.

Vivimos felices en nuestra nueva cabaña. Mientras ella vivió, no conocí la soledad ni la tristeza. Me dedicaba a cazar y pescar, ella seguía vendiendo collares al comerciante y siempre acudíamos a las fiestas que se celebraban en el poblado a bailar y reír con todos. Tuvimos cuatro hijos, tres varones y una hembra. Todos eran risueños como yo y hermosos como ella. Cuando mi mujer murió, no encontraba la forma de sobreponerme. Me pasaba el día de caza y no volvía hasta bien entrada la noche para no ver a nadie. Mis hijos ya eran lo suficientemente mayores como para valerse por sí mismos. Poco a poco fui acostumbrándome a mi nueva vida. Nunca pensé en casarme de nuevo, a pesar de que algunas mujeres acudían a mi choza con intención de que las tomara por esposa. Hay algunas cosas que no cuento, solo son para mí y a nadie le interesa.

Viví unos años con mis hijos en la choza hasta que ellos fueron marchándose y formando sus familias respectivas. Conseguí, sin apenas darme cuenta, la serenidad que necesitaba para vivir. Viviendo día a día, apartando los pensamientos tristes y siguiendo una disciplina diaria que solo rompía de vez en cuando para darme un respiro. Eso me venía muy bien.

Ahora ha llegado mi hora, hace una semana que me fui al centro de la selva, construí una pequeña choza al lado de un arroyuelo y espero, solo espero lo que tenga que venir. Vuelvo a reírme si un pájaro canta en una rama cercana o una gacela se asusta al verme allí sentado en el suelo en medio de la selva.

11 comentarios:

babelain dijo...

Una vida sencilla de contar. La ilustración, como de costumbre, es de Mavi.
Saludossssssssssssss

Napi dijo...

Una de esas de cuando la vida era apacible. Un encantador momento leyéndote, Bab, mientras casi percibía los sonidos de la selva. Eres un "encantador" killo, Afran me ha cautivado!!!!
Y el retraro en rojos está insuperablemente naif!!!!
Gracias pareja.

Paco dijo...

Estoy con Napi. Emocionante trasladarte a la selva y a la paz que transmite Afran, y cómo acepta los ciclos de la vida. Un día leí por ahí que la paz empieza con una sonrisa.
La ilustración de Mavi...
Un abrazo a ambos.

ficuscactus dijo...

Una historia preciosa de la que se puede sacar una conclusión, “todo empieza igual que acaba”.
Es como la frase que todos hemos oido alguna vez de que en la vejez vuelves a convertirte en niño.
O como esas canciones que empiezan con una melodía de piano, luego entra la voz, mas tarde el solo, y al final, de nuevo el piano…

Abrazotes.

babelain dijo...

Gracias, Napi, tienes buen oído jejeje y sabiendo que lees poco últimamente, aún te agradezco más que "me" leas.

Pues eso dicen, Paco, habrá que volver a sonreír (por si las moscas). Gracias.

Hola Ficus, sacas conclusiones y todo jejeje. Eso es lo que querría yo, volver a ser un niño. Buen ejemplo el de la canción (como se nota que eres músico, y de los buenos jejeje)

Saludossssssssssssss (a todos, ¡incluso a Paco!)

Johnny Dibud dijo...

No me quiero exceder en elogios, me limitaré a decir que me han encantado estas memorias de Afram, en serio. Las historias de los humanos no difieren mucho aunque sean lugares o culturas muy distantes y distintas, y eso no siempre se valora. Saludos.

babelain dijo...

Pues gracias por no excederte, Johnny, con que te haya encantado me conformo jejeje. Creo que es cierto lo que dices, difieren poco las historias de un lugar y cultura distintos.
Saludosssssssss

Freaky Boy Hood dijo...

Me dejo tus relatos para cuando tengo un rato largo y solo. No se que decir, Bab. Me ha gustado mucho. Saluda y felicita a Mavi por la ilustracion, es preciosa.

Abrazos a ambos.

babelain dijo...

Pues gracias, Freaky, aún hay gente que lee, quedan pocos, pero hay algunos. A Mavi la tengo informada de vuestras felicitaciones (más me vale, así puedo seguir contando con ella)
Saludosssssssssssssss

pepejazzy dijo...

Babs has conseguido plasmar toda una vida en un relato corto.....Me gusta mucho el cine y me gustan los cortos y pienso que hay multitud de historias que se pueden contar llegando hasta lo mas hondo sin necesidad de malgastar 367652 hectolitros de tinta....y tu lo has conseguido al menos para mi ,me ha encantado la pequeña,gran historia de Afran.saludos,PPJZZ

babelain dijo...

Gracias, Pepejazzy, perdona el retraso en contestar, acabo de volver de un corto viaje. Pues si, parece ser que se pueden contar historias con pocas palabras pero hay gente que sabe contar también historias con muuuuuuchas palabras (por ejemplo, 2066 de Roberto Bolaño, por nombrar una que he leído hace poco).
Gracias por la visita y el comentario. Un día de estos pasaré por tu blog, pero antes compraré un nuevo disco duro, si no me dará envidia. Hay mucho bueno por allí.
Saludosssssssssssssssssss

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