El Paseo-Relato

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EL PASEO

Salí a pasear al campo. En un pradito cubierto de hierba y florecillas blancas y amarillas con un fondo sonoro de cantos de diversas aves y croar de ranas, entré en trance y grité a pleno pulmón:

QUIZAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS.

Se hizo un silencio absoluto. Comenzó a lloviznar muy suavemente. Al principio fue solo un chirimiri, luego cayeron chuzos de punta que fueron convirtiéndose en ojos, miles de ojos, millones de ojos de todos los colores que rebotaban sobre un mar de ojos. En poco tiempo, ese mar me cubría hasta las rodillas y todos esos ojos me miraban inquisidoramente.

Se hacía de noche y los ojos resplandecían como pequeñas lunas llenas; ya estaba cubierto casi hasta el cuello, apenas podía dar un paso; intentaba bracear inútilmente. Se me ocurrió que aquello lo había desencadenado el grito de ¡Quizás!. Inspiré todo el aire que pude en mis pulmones y grité:

NUUUUUNNNNNNNNNNCAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

Bruscamente cesó de llover. Poco a poco, los ojos fueron absorbidos por el suelo poroso del bosque, quedando reducidos a una amalgama viscosa parecida a la paleta de un pintor. Mis pasos producían un chasquido como de globitos explotando. Las aves y ranas retomaron su sinfonía, encontré un sendero que me llevó al pueblo. Entré en el primer bar y sin mirarle a los ojos, pedí al camarero una botella de absenta, un vaso largo, una cucharilla, unos terrones de azúcar y una jarra de agua fría.

28 de enero de 2010

1 comentarios:

Napi dijo...

Bello relato, gracias, Bab.
Al leerlo, he pensado que es puro impresionismo lo que haces. Imagino los millones de ojos como manchas de colores tapizando el lienzo de donde, poco a poco, va surgiendo el sol, "Que nunca llovió que no escampara", dicen los Galos

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